
Viajes de precio fijo desde los aeropuertos de Tivat y Podgorica.
Medio kilómetro de orilla separa esta dirección de las puertas del casco antiguo, y el mar está aún más cerca. Bañarse en la bahía de Kotor no se parece a hacerlo en el Adriático abierto: no hay marea ni prácticamente oleaje, así que a la hora del desayuno la superficie suele estar como un espejo, y cerca de la orilla afloran manantiales fríos de montaña en zonas que le despertarán de golpe. Se entra desde plataformas de piedra y hormigón, no desde la arena, con escaleras hacia un agua lo bastante profunda para tirarse de cabeza.
La ciudad ocupa la otra mitad del día. Sus callejuelas de mármol se mantienen frescas incluso en agosto, y los gatos residentes, que tienen su propio pequeño museo, las tratan como suyas. La cultura aquí no se limita a las iglesias: en verano el festival KotorArt llena las plazas y los atrios, y en agosto la Noche de Boka cubre la bahía de barcas engalanadas y fuegos artificiales. Hay guías locales que hacen recorridos que explican las fortificaciones mucho mejor que cualquier panel, y ese mismo frente marítimo donde se descarga el pescado envía barcas a Perast, al estrecho de Verige y a la bahía exterior.
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