
Viajes de precio fijo desde los aeropuertos de Tivat y Podgorica.
La dirección queda dentro de las murallas de Kotor, en un triángulo de callejones de piedra a los que no llegan los coches y donde el único tráfico son los pasos y algún carrito de reparto. El casco antiguo es lo bastante pequeño como para cruzarlo en diez minutos y lo bastante enrevesado como para que eso no ocurra hasta el segundo día: las plazas se abren sin previo aviso y la mayor de ellas está presidida por la catedral de San Trifón, consagrada en 1166. La protección de la UNESCO abarca todo este núcleo de época veneciana, y las fortificaciones ascienden desde la puerta del mar por el acantilado que hay detrás de la ciudad hasta la fortaleza de San Giovanni, un largo zigzag de escalones que recompensa a quien madrugue con toda la bahía extendida a sus pies.
Vivir dentro de las murallas significa hacer propio el calendario de la ciudad: el mercado de la mañana justo a las puertas, con sus quesos, su jamón curado y su miel de montaña; las multitudes de los cruceros, que se disipan al caer la tarde; los gatos, que son los dueños evidentes del lugar; y los bares, que en julio y agosto siguen llenos mucho después de medianoche. La oferta de restaurantes va desde las terrazas orientadas al turista de las plazas principales hasta konobas más tranquilas en callejones laterales, donde el pescado del día se anota con tiza en una pizarra. Fuera de temporada esas mismas calles están casi vacías, las iglesias se visitan sin agobios y subir a las murallas con aire fresco es un placer de verdad.
Sin reseñas aún. ¡Sé el primero en hospedarte aquí!
Serás redirigido a nuestro socio de búsqueda de hoteles para comparar tarifas