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El casco antiguo es menos una retícula que un rompecabezas de plazuelas unidas por callejones trazados para despistar a cualquiera que no viviera aquí, y este rincón queda junto al Museo Marítimo, en el palacio Grgurina: tres plantas de maquetas de barcos, retratos de capitanes e instrumentos de navegación que enriquecieron a una ciudad de este tamaño. Los edificios de alrededor son estratificados más que uniformes: obra románica, gótica y barroca encajada tras terremotos sucesivos, con las murallas de la fortaleza trepando por la roca justo detrás.
Desde aquí todo se hace a pie. La plaza de San Lucas reúne dos iglesias en un espacio mínimo, la de San Lucas de 1195 y la de San Nicolás con su iconostasio ortodoxo; la catedral queda a dos minutos; y los famosos gatos de la ciudad duermen en cada escalón templado y tienen su propio museito. Fuera de las murallas, del muelle y la marina salen excursiones en barca a Perast y a los islotes, y el mercado junto a la Puerta del Mar está mejor antes de las nueve, cuando el jamón, el queso y los higos siguen amontonados. Por encima de todo ello, la escalinata en zigzag hasta la fortaleza de San Giovanni merece hacerse al amanecer, antes de que apriete el calor y desembarquen los cruceros.
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