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El centro de Petrovac es más verde que la mayor parte de esta costa, y esta es la zona donde la vegetación es más espesa: pinos, palmeras y cipreses bajando por la ladera hasta una playa que queda cincuenta metros más abajo. El pueblo creció a partir de un asentamiento de pescadores en una bahía que los romanos ya habían considerado útil, y de aquella época sobrevive un mosaico de pavimento de una villa a un paseo corto tierra adentro; el pequeño fuerte de la punta, el Kastio, lo levantó Venecia para vigilar a los piratas. Los dos quedan a unos minutos el uno del otro.
Entre ambos está el motivo por el que la gente vuelve: una media luna resguardada de arena rojiza, un paseo con cafés suficientes para que la vuelta de la tarde merezca la pena y dos islotes en el horizonte que recogen la última luz. Petrovac es lo bastante compacto como para cruzarlo en un cuarto de hora, pero tiene una población real durante todo el año, y eso se nota en los mercados, en las panaderías y en que los locales siguen abiertos en mayo y en octubre. Del muelle salen barcas hacia calas de la costa, los monasterios de Paštrovići están en la cresta de arriba, y Sveti Stefan, Budva y Bar quedan todos a menos de media hora en coche.
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