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La comida es uno de los mejores motivos para quedarse en la meseta del Durmitor. Este es el país de los katuni, donde las familias siguen subiendo el ganado a los pastos de verano, y el resultado aparece en las mesas de aquí: skorup y queso fresco, kačamak y cicvara hechos con harina de maíz y nata, priganice con miel, cordero o ternera cocinados despacio bajo campana de hierro. A finales de verano bajan de las laderas los arándanos silvestres y las frambuesas del bosque, que se venden en tarros a pie de carretera, y la miel de la meseta es oscura y fuerte.
El pueblo es lo bastante pequeño como para cruzarlo a pie en un cuarto de hora, y sus casas bajas de tejados muy inclinados están construidas para la nieve y no para la vista. Desde las últimas calles, la meseta se abre directamente al parque nacional: el paseo hasta Crno jezero se hace en bastante menos de una hora, la cueva de hielo de Ledena pećina conserva sus formaciones durante todo el verano, y la carretera del norte desciende hacia el Tara y el puente de Đurđevića Tara. La altitud de Žabljak, unos 1.450 metros, mantiene templadas las tardes de julio y francamente frías las noches de agosto, que es buena parte del atractivo para quien huye de la costa.
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